Saber Perder (II)

Saber Perder (II)
Luis García Montero

Izquierda Unida convocó en junio de 2010 una Asamblea de Refundación de la Izquierda. Participaron más de 800 delegados, ecologistas, feministas, activistas de movimientos sociales y jóvenes representantes de las nuevas formas de inquietud política. Su máximo responsable, Enrique de Santiago, declaró que se trataba de conseguir “una nueva convergencia de la rebeldía”.

Cuando los debates dieron resultado, se concluyó que no bastaba la refundación de IU. Había que provocar una verdadera refundación de la izquierda. Los nuevos cauces del compromiso político debían incluso desbordar las viejas siglas. Algunos dirigentes del Partido Comunista se pusieron nerviosos y, móvil en mano, empezaron a desmantelar la asamblea antes del aplauso final. No querían poner en peligro sus cargos y posiciones de control. Preferían sentarse, esperar a que la sociedad pasase factura al PSOE por la crisis, subir en votos y consolidar el dominio del partido en IU.

Sería ciencia-ficción imaginarnos qué hubiese ocurrido si IU llega a abrir un proceso de refundación política conectado de manera natural, porque su programa lo permite, con los movimientos del 15-M y Democracia Real Ya. Es puro realismo, sin embargo, afrontar con sinceridad los resultados actuales. IU es la gran perdedora de las elecciones del 22 de mayo. La subida de votos, menos del 1%, es ridícula si se tiene en cuenta la situación de desgaste del PSOE, el malestar ciudadano, las agresiones al movimiento sindical y la indignación social ante los mercados financieros. El PSOE puede haber perdido muchos votos, pero IU está a punto de perder el sentido de su existencia. No aceptar con sinceridad la gravedad de los resultados, hablando de tendencia al ascenso, es otro gravísimo error político.

Los resultados son peores si se interpretan con vistas a las próximas elecciones. IU sube en Asturias, Extremadura, Navarra
y Castilla y León, territorios donde parece muy difícil sacar un futuro diputado. Por el contrario, muestra debilidad en Córdoba, Sevilla, Málaga y Valencia, lugares en los que sería posible alcanzar un escaño. Así que trasladar los resultados a 2012 supone sólo dos diputados por Madrid y la apertura de muchos huecos para que surjan otras opciones políticas, sin un claro compromiso de izquierdas, como alternativa al bipartidismo. Los dirigentes que quieren perpetuar con falso optimismo la situación actual de IU cometen un doble error. En el fondo asumen el mapa electoral consagrado para la izquierda por la Transición: un PSOE en connivencia con los poderes económicos y una IU (o PCE) testimonial, alegre al recoger de forma cíclica el fruto de los desgastes socialistas. Contentarse con un gran éxito de cinco o seis diputados es un error egoísta. Pero es que, además, todo indica que ese ciclo se ha acabado y que la Transición ya no es un dogma para los jóvenes españoles interesados en dignificar la política.

La responsabilidad de facilitar una nueva izquierda es tarea de todos. Valen de poco las opciones individuales que conducen a la amarga soledad o al ridículo público. La actitud, por ejemplo, de Rosa Aguilar cambiando la alcaldía de Córdoba por un ministerio socialista, en una operación que no significa cambio ideológico sino mercadeo bochornoso, sólo sirve para que surja el comentario hiriente de que “todos son iguales”, triunfe la derecha y se afiancen opciones populistas de personajes dudosos. La fragmentación de la izquierda en grupos, aunque venga con discusiones ideológicas más serias, también ha demostrado su inutilidad. Si un 6% paralizador no es horizonte de futuro convincente, tampoco lo es el deseo de dividir el voto o robar incluso un diputado para satisfacer los viejos rencores de las injusticias internas.

Frente al totalitarismo neoliberal, resulta imprescindible crear una dinámica nueva en la izquierda. Está bien que se pongan en movimiento opciones diversas según las distintas sensibilidades, cuantas más mejor, pero todas conscientes de que la rebeldía debe converger en listas electorales con un clarísimo protagonismo cívico. La dignificación de la política supone unir la presencia institucional con la voz de la calle. Y para eso hace falta que algunos teléfonos móviles y algunas siglas den un paso atrás.

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