BARCELONA (I)

BARCELONA (I)
Juan Camilo Ramos

Barcelona, ciudad de visitantes. Casi ningún lugar es como hace treinta años, más que las fachadas de edificios y monumentos, lo necesario para que la ciudad pueda ser reconocida en la guía turística.

A vista de pájaro, casi todo se ha desarrollado para mejorar, más escuelas, más polideportivos, mejor urbanización de las calles, las playas convertidas en alfombra de arena desde la Barceloneta hasta Sant Adrià. Los barrios periféricos mejor dotados de comunicaciones y plazas.

Sin embargo la velocidad ha arrastrado consigo la identidad de las formas de vida de barrios , de entornos. El nicho ecológico de cada mujer y cada hombre se ha ampliado, pero lo cercano empieza a ser más desconocido, y por ello, en la mente, inseguro.

Una generación que puede viajar a cualquier sitio, o conocer todo a través de las redes, conoce menos los espacios de circunvalación de su existencia.

Si no somos capaces de dominar la velocidad de los cambios, la naturaleza morirá arrasada por ella, y los humanos no podremos controlar nuestra vida. ¿Qué quedará de lo humano?

Cada uno de nosotros Es en cuanto animal capaz de pensar su actividad y diseñar la propia existencia; dejarse ir en el día a día, forma parte de la vida de la manada.

La ciudad que se recrea en ser visitada y pone su fin en su propia apariencia pierde su sentido, porque el espíritu de la ciudad es más importante que el esqueleto en las ciudades históricas.

El espíritu de la ciudad no es su pasado, su pasado son recuerdos y la conformación de una personalidad a lo largo de los años, pero el espíritu

actual lo hacemos todos aquellos que trabajamos o vivimos aquí. Para que una ciudad pueda mostrar su espíritu, los habitantes de la ciudad debemos haber dominado los espacios públicos de la misma, y ser nosotros mismos los promotores de intercambios: de ideas, de arte, de flujos seminales. Cuando este intercambio es la resultante de la promoción económica y comercial, el intercambio es de monedas, mercancía y sólo de instantes.

Somos actores de la ciudad, los turistas y los autóctonos. No hay intercambio cultural, sino espectáculo. Me atrevo a decir que ni siquiera espectáculo, corriente continua en un paseo, invasión….

Los invasores no son los que vienen, ellos son los soldados inconscientes, sino aquellos que la diseñan… en este caso los promotores públicos y privados de la invasión.

En Barcelona, la promoción ha prevalecido sobre la recuperación del espíritu de la ciudad, que no es otro que hacer que los ciudadanos de Barcelona, nos entreguemos a vivir en la misma, no como transeúntes, sino como recuperadores de convivencia.